
Ensayemos el poema de las salamandras, esp�ritus del fuego, inmortal, eterna, inalterable e increada madre de todos, nacida en el carro de los mundos la cual siempre rueda en un movimiento incesadle. Dirigente sobre las et�reas inmensidades, donde se ha levantado el poder de tu trono, desde las alturas donde tus ojos todo lo contemplan y donde tus puros y sagrados o�dos todo lo escuchan, ay�dame a mi, tu ni�o, el que has amado desde el comienzo de los tiempos. La majestad, dorada, vasta y et�rea, brilla sobre el cielo y las estrellas. Sobre ellas estas tu siempre exaltado. Oh tu fuego intermitente, desde donde iluminas todas las cosas con insuperable gloria, y de quien fluye la interminable corriente de esplendor con la que nutres al esp�ritu infinito y este esp�ritu infinito lo nutre todo y crea el inagotable tesoro de la generaci�n que siempre lo acompa�a. Amplio con las innumerables formas con las cuales tu lo has llenado desde el comienzo. De este esp�ritu ha salido el mas sagrado rey y reina que est�n alrededor del trono y quienes componen la corte. Oh madre universal, una y �nica, madre como de inmortales y mortales. Tu que especialmente has creado poderes similares a lo eterno y a tu venerable esencia. Tu los has establecido por encima de los esp�ritus que anuncian tu voluntad al mundo. Y me has creado a mi como un obispo en tu imperio elemental. Por tanto mi ejercicio continuo consiste en satisfacer y atender tu deleite, entonces yo continuamente lo consumo con eterno anhelo por ti Oh madre, Oh madre de madres, Oh arquetipo eterno de la maternidad, amor y placer. Hijo, la flor de todos los hijos. Forma de todas las forma. Alma, esp�ritu, armon�a y numero de todas las cosas